Carta del hijo que nunca quisiste

Todos quieren que su primer hijo sea perfecto, tenga los genes ganadores del papá si es un varón y si es una niña que sea igual de hermosa que la mamá. Desean que venga sano, fuerte, grande, hermoso; pero no todas las familias corren con la misma suerte. Lo siento, sé que no es mi culpa, pero aún así no puedo dejar de sentir dolor por haberlos defraudado desde el primer segundo que llegué a este mundo.

Queridos padres, esta carta se las escribo desde la incomodidad del sótano, donde ustedes me han instalado un cuarto (o algo parecido, pues sólo tengo una cama, un baño y un televisor) para no dejarlos en ridículo ante la gente, que cuando me ve se asusta o se ríe de mí.

Mamá, sé que te hiciste tres ultrasonidos para disipar cualquier duda de que venía con malformaciones, pero para tu mala suerte y la mía, todos confirmaron mi condición. Estaba sano, pero había protuberancias en mi rostro, producto de algún gen ‘maldito’.

Cuando llegué a este mundo papá, decidiste hacer un viaje de trabajo, mientras mamá lloró al verme por primera vez, pero no de alegría, sino de tristeza por la forma de su primogénito, quien tenía bolas en la cara que cubrían su ojo derecho, otra sobresalía del pómulo izquierdo y una más de la cabeza. Además la boca estaba torcida. Lamento haberte asustado y defraudado.

La primera vez que me viste papá dijiste que ‘eso’ no podía ser tu hijo, que era imposible, que siempre quisiste un varoncito pero que no te referías a nacer pese a las complicaciones de mi condición. Estaba sano, sólo que no tan bonito como los bebés de tus amigos o compañeros de trabajo. No podías presumirme.

Sé que con mis ‘encantos’ provoqué temor, asco o burlas entre sus amistades y los hijos de éstas, por lo que decidieron ocultarme hasta que tuviera la capacidad de quedarme en mi propio cuarto, y fue ahí cuando me enviaron al sótano, donde pasaría mi adolescencia y mi juventud. Me sacaron a la escuela porque ya no querían que asustara a los niños, quienes me golpeaban porque me consideraban un monstruo. Ustedes creyeron que aún así era culpa mía, yo los incitaba a que me pegaran. Lo siento por eso también.

Nunca les pedí nada de cumpleaños, Navidad o cualquier otra celebración, hasta hace un año, que pedí tener una computadora con acceso a internet, a cambio les prometí que jamás intentaría salir. Ustedes accedieron y yo fui feliz entre la oscuridad y la información que me daba la máquina y que ustedes me habían negado al no volverme a inscribir a una.

Ahí pude conocer más sobre mi enfermedad, el por qué pude haber nacido así y si había otros casos. Descubrí que hay miles, quizá millones, de personas con mi enfermedad y que tienen una vida normal, pero no yo. También encontré que la gran mayoría de los casos se da porque la madre no tuvo los cuidados necesarios o estuvo en contacto con sustancias que afectan a un feto en desarrollo. Yo no te culpo, madre, sé que también fue mi culpa el no resistir a las sustancias y ser deforme.



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